sábado, 5 de diciembre de 2015

Manuel Rico


Meditación con hielo



                                                    De repente vi que el cielo frío, placer de las cornejas,
                                                                         parecía hielo ardido y era más que hielo.
                                                                                                                             W. B. YEATS


Descubro el cielo limpio como nunca lo vimos.
El invierno ha dejado su noticia entre ocre y amarilla
en la orilla del río.

Se desliza la tarde y nos ama quizá demasiado.
     Todo el valle,
abierto como un cántaro
bajo la oscuridad de las montañas, nos entrega
su aliento. Nunca la tarde se nos quedó tendida
     como ahora.

Huele el invierno a madera quemada, suenan,
muy a lo lejos, las aguas del Lozoya, esas aguas
que tanto nos salvaron, que hicieron del domingo
tierra sólo poblada por nosotros.

Son ellos, fugitivos remansos donde reconocernos,
     hijos que elevan
su estatura en el valle y ven el río y se lo apropian,
quienes nos hacen pura conciencia de lo efímero.
                                                                                         Malva
tiene ya siete años y a sus ojos acuden
todas las estaciones de nuestra historia, todas las sombras
de los fracasos, todas las encogidas luces
     de un entusiasmo
envejecido y triste. Malva contempla la arboleda y calla.
                       Tiene
la madurez prematura de las diosas
que amé en la adolescencia. Suena el río a lo lejos
y ella calla y nos oye, ronda el viento sus hombros, llega
desde el norte a su cielo,
limpio cielo invernal como no conocimos,
y son hoy menos nuestras su luz y su palabra,
son algo más del aire y de la tierra,
     algo más del crepúsculo
que nos huele a humareda y a distancia y es ocre
cual los robles desnudos
o las rocas que asoman, sin musgo, por encima de río.

Un año cumplió José Manuel. Saben
a tarde interminable sus manos todavía.
Corre sobre la hierba helada y nada intuye.
Lo distancia aún el tiempo y su inocencia
de la talla maldita de los lúcidos. Mira al cielo y sonríe
y su cielo eres tú del mismo modo
que es tuya la pureza del aire, la urdimbre transparente
de los fresnos sin hojas, el invierno y la leña
que en ocultas fogatas arde con sigilo
en lugares que tiemblan a lo lejos, sólo denunciados
por columnas de humo contra el azul helado
que es cielo protector, cúpula
sobre el valle y el río, sobre el piélago
de nuestras certidumbres.

Muchos años alientan en la mutua mirada
que hemos hecho codicia y reparto a la vez,
compartida penumbra y luz no congelada.


Manuel Rico (Madrid, 1952)
Los días extraños
Valparaído Ediciones, Granada, 2015

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