martes, 30 de junio de 2015

Carlos Alcorta


Interpretación del magma

El cielo enrojecido de finales
de noviembre parece una caldera
hirviendo que me incita a predecir
en sus cenizas el futuro, como si fuera
un hechicero envalentonado
por profecías y por enigmáticos
augurios. Mienten cuando dicen
la verdad, cuando engañan son sinceros.
La oscuridad convierte
al hombre en un ser más introspectivo,
en alguien indefenso ante las dimensiones
inaprensibles de los mares,
del desierto o de las constelaciones.

La noche asalta el paisaje,
cubre con maquinales sombras
el espacio que antes esclavizaba
la luz sin resistencia.
Cierro herméticamente las persianas,
buscando esa otra realidad
que promete la luz artificial.
La travesía hasta la mañana
siguiente está preñada de pasos a tientas,
de grutas donde mantenerme a salvo,
de peligrosos puentes al socaire.

Sigo el ensayo musical de mi hijo.
Las notas del oboe penetran en el alma
como una abstracción de la felicidad,
consiguen que me olvide de todo,
que desdeñe las vastas magnitudes
que tan a menudo me atemorizan
o los graves asuntos que trastornan
el equilibrio de la convivencia.

La esperanza de reconstruir
la pasión casi muerta, pienso ahora,
proviene de una fuerza demoníaca,
como la claridad nocturna. Dejo
que me ciegue durante unas horas.
Un mínimo alfiler
basta para hacer estallar un globo.


Carlos Alcorta (Torrelavega, Cantabria, 1959)
Ahora es la noche
Valparaíso Ediciones, Granada, 2015

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