miércoles, 27 de agosto de 2014

Antonio Fernández Lera


Y seguiré mirando 
el mar en horas muertas



                                                                           A mi padre, veintidós años después
             

1


Ya casi tengo tus años falta poco
para ser tan joven como tú.

Imagino tu mirada.
Me apropio de tus ojos.

Vivo por ti la vida.
Saboreo las horas.
Dejo pasar los días.

Y en el placer 
y en el esfuerzo
ya no lloro al llorar tu puta muerte.


2

Deseas rehacer la huella
de los pies descalzos en la tierra
–la hierba, la piedra–, rehacer
lo estrictamente necesario
un día y otro día y otro día
sin movimientos previstos.
El rastro de un instante feliz contradice
las heridas del dolor, las esquinas del tiempo
que cambian de dirección y de repente.


3

El sol te ciega
y te cansa y deseas

oscuridad y lluvia.
El objeto de la mirada

se queda inmóvil
como una piedra.
La respiración
contradice la quietud.

La quietud
existe
y observa.


4

El silencio se pasea
como un asesino.

por las calles del miedo
lejano un silencio

que se rompe
–un susurro
que se acumula
y otra vez un silencio

que no se sabe si es
amor o muerte.


5

No me hables del tiempo transcurrido
ni de su lentitud o de su vértigo
ni de la sombra negra que te persigue
ni del fuego que te abrasa
ni del hundimiento en los abismos de lo cotidiano:
déjame ver tus ojos (con eso me conformo).


6

Y seguiré mirando
el mar en horas muertas,
la luz de una luciérnaga en la noche
–mientras existan las luciérnagas–
Y dejaré que suene una viola
sola.


7

Para el abrazo se requiere
un recuerdo preciso,
un trozo de niebla.
Pocas palabras:
un abrazo y punto.


8

Mientras el sueño sigue su viaje
y el cuerpo nos entrega sus constantes
cambios de piel y de colores
el mundo nos ignora y nos embarga.

No pronuncio tu nombre
–no porque no lo sienta
sino porque a estas horas 
es la música sin gemido

lo que ocupa el tiempo del recuerdo.

No lo pienso
y no lo digo.
Llueve y hace sol.
Me niego a la tristeza y al olvido.


9

Me asomo a la ventana
para ver un paisaje
que llevo en la cabeza no comprendo

que no tengo que asomarme a la ventana 
para verlo.


10

Se mueve la tierra bajo tus pies
y eres tú mismo.
Se mueven tus pies debajo del agua
y eres tú mismo.

Te lavas la cara
y eres tú mismo.
No piensas en llorar
y eres tú mismo.


11

Me despierto
con hilachas de tiempo entre las manos,
una sombra feliz,
ecos de lo impensable,
rupturas imposibles
retorno sin retorno.

                                                                 [Agosto de 2014]




Antonio Fernández Lera (Madrid, 1952)
Inédito

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