lunes, 28 de julio de 2014

Manuel Neila


La vida ausente

Hoy la tarde es más clara. El día se prolonga
en las calles cruzadas por el viento de octubre,
y las cosas reclaman su presencia,
su lugar en el mundo.
                                       Asomado al balcón,
un hombre pasa el tiempo o mira simplemente
las hojas de los árboles que caen poco a poco
sobre el suelo de tierra
mojado por la lluvia. Es un hombre
descreído, cansado
de pensar en las cosas y en los seres que ama,
que piensa el sentimiento para así retenerlo,
que siente el pensamiento para asi consumarlo
al ritmo de los días y las noches que pasan.

Pero él ama la vida. Y sale de su casa
a esa hora incierta
que llena de amapolas amarillas
las calles fatigadas del otoño
y se inflama de ausencia en los balcones,
cuando el día se aleja
ligero como el humo de un incendio
y pasan los muchachos camino de los parques
a ponerle cortinas al amor
antes de que se rompan las alas de la tarde.

Ahora cierra los ojos, echa la vista atrás,
y el sol sigue luciendo en los días antiguos.
Y ve con claridad
al niño que salía de su casa,
y en el río lavaba las heridas
de aquel mundo tan nuevo.
                                                 Anda muy despacito,
suspendido en el aire del sentir afligido,
del dolor que penetra la piel de los sentidos
y se instala en lo hondo,
ajeno a la asiedad que cubre de negrura
los patios, las aceras,
las calles suburbanas,
que sale de sí mismo a ensombrecer la tierra.

Pero él ama la vida. Y piensa que es hermoso
sentirse acompañado
por el viento que llega de las viñas,
por la luz que se quiebra entre las hojas,
por la gente que pasa sin mirarle.
Y demora, a sabiendas, el regreso a su casa,
como esos muchachos que vuelven de la mano,
sin hacerse notar,
con las sombras del parque entre los labios
y sin más horizonte que la dicha insegura.

Un día ha de partir. Sus pies desandarán
las sendas más lejanas, más oscuras y solas.
Será el momento, al fin, de contar las imágenes
que fue seleccionando, por si alguna quedase
perdida en el camino.
                                       Libre ya del deseo,
del amor que conmueve, del destino que acosa,
¿qué podrá consolarle? Será el momento exacto
de llegarse a la tierra abandonada,
que renace hecha flores, espigas, primavera;
mas no podrá tocarlas, pues ya estarán en él.
Y alzará la mirada hacia lo alto,
hacia el cielo cuajado de luces invisibles;
mas no podrá mirarlas, pues ya serán él mismo.

Pero él persevera, obstinado, en lo suyo,
mientras pasa la tarde temblando entre las hojas,
temblando entre esos cuerpos
recientes que se entregan
con las manos abiertas y los labios;
perservera en su oficio de ir juntando palabras
que le hablan del paso de las horas,
del amor que persiste
ante tanto exterminio,
con la frente orientada al norte del futuro.

Ha debido pasar el tiempo, mucho tiempo.
El hombre ha regresado a la casa vacía,
los ojos saturados de sol, de luz, de viento.
Nadie le espera ya.
                                  Y recuerda otra tarde,
cuando, joven aún, le consolaban
las hojas amarillas del otoño,
el viento azulumbroso de poniente;
e imaginaba a un hombre
descreído, cansado
de pensar en las cosas y en los seres que ama,
que piensa el sentimiento para así retenerlo,
que siente el pensamiento para así consumarlo
al ritmo de los días y las noches que pasan.


Manuel Neila (Hervás, Cáceres, 1950)
Huésped de la vida (Poesía 1980-2005)
Llibros del Pexe, Gijón, 2005.

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