viernes, 27 de junio de 2014

Pilar Adón


A pesar del aislamiento y de las nuevas normas
siempre habrá quien se agache a la tierra
y se levante de nuevo
para mirar con perspectiva.
Quien vigile buscando más que subsistencia.
Quien cace y declare que se puede vivir sin casa.
Sin una puerta a la que regresar.
Sin cama blanca ni mesa de fotos.
Dejando las manos en los bolsillos y sabiendo de qué se huye.

Estar alerta. Sorber. Ocultarse y seguir presente.
Separarse y mantenerse dentro.
El espacio de los pájaros se ha llenado de avispas
y también hay insectos bajo el suelo.
Digo entre ellos: "quiero un árbol"
y se ríen de mí porque no me llamo Marie Lou Field
ni Emily Bird
y nadie habla de acres en mi país.

Echar espinas, escamas
o un pelaje más abundante.
Los árboles no se tienen.
Los árboles se quedan sin savia y duran hasta la primavera
en el periodo que los hombres con pocos dientes
(que saben de lo que hablan) llaman parada invernal.

Ahora conozco las normas:
     Mi espíritu se une al del lobo, el jabalí y la liebre:
          El lobo indica el camino.
          El jabalí lo abre.
          La liebre lo recorre.
     Quien entra no sale.
El proceso es lento. Y saben de qué hablan.
Yo insisto: quiero un árbol.
Una roca a la que subir y otear el horizonte.
Guardar bajo el musgo libros en plásticos
con la seguridad de que alguien siempre observa.
La valentía recogida en lona de navío, que aísla del trato.
Raíces entre las que hundir los zapatos.
Y nuevas voces de consuelo:
en los dedos tenemos el terreno y los frutos.
A veces olas, a veces aire.
Porque nuestro es el reino,
el poder y la gloria.


Pilar Adón (Madrid, 1971)
Mente animal
La Bella Varsovia, Córdoba, 2014

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