miércoles, 2 de abril de 2014

Gina Saraceni



Las casas mueren cuando se vuelven árboles,
cuando una mancha vegetal las recubre
y convierte en jardines verticales.

De sus ventanas brotan raíces
que rozan el filo de las nubes.

La casa muere con el verano en la garganta.

Hubo luz, un tiempo, en esa casa.
Hubo vidrios limpios que acogían una
mano temerosa de que el viento los quebrara.
Hubo niños oliendo a pinos y olivares
y una puerta grande donde entraba
todo el pasado y su memoria.

Los muertos regresan a la casa
Hablan una lengua incomprensible y
levantan el polvo acumulado de los años.

Puede que aquí el tiempo se detenga
y sólo exista el instante en que la casa
se torna un paisaje fugitivo.

Todo se mueve en su cuerpo de piedra,
hasta la hoja más pequeña que se asoma
a la intemperie y se abandona.

No hay dónde agarrarse
para seguir de pie ante la casa;
para no caer delante de sus ruinas
y volverse una planta más que la recorre.

No se puede mirar tanto pasado
sin perder la lengua
en el hueco vertical de sus paredes.

No se puede mirar en ese quiebre
sin pensar que alguna vez
alguien fue feliz en esta casa,
alguien aferrado al canto de los grillos.


Gina Saraceni (Caracas, 1966)
Casa de pisar duro
Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas, 2013.

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