lunes, 3 de marzo de 2014

Basilio Sánchez


Una mujer se ovilla bajo un árbol
para inventar un hijo.
Sentado junto a ella,
un hombre desconoce que le tiemblan los ojos
en el primer instante de las lágrimas.

Tú venías con los pájaros,
cuando yo te esperaba con la lluvia.

Allí estabas: perdida en lo más alto
de una pared en flor, encaramada al muro
sin temor a caerte, sin dejar de mirarme
desde el fondo infinito de tus desposesiones,
desde la lentitud del corazón
al que tenías derecho.

A lo lejos, parecías saludarme
agitando tus manos como si poseyeras
la inquietud de un secreto, como si pretendieses
dividir la mañana en dos mitades
transparentes e idénticas,
para que cada uno,
desde ese momento,
viviese solamente por la vida del otro.

Luego, nuestras palabras
y el arroz de las nubes sobre los escalones
en el oscuro umbral de las iglesias,
la nieve que un día vimos
caer toda la tarde
sobre las amapolas que habrían de protegernos,
el bálsamo de aceite de tus manos
sobre la quemadura del poema
o el goteo de los sueños
sobre las tapias de los patios, sobre los canalones
colgantes de esta casa
que habíamos levantado en una calle
retirada del mundo.

Éstos eran tus pequeños secretos.

Es una tierra fértil.
Nuestra casa ha crecido
igual que las manzanas, y nosotros con ella.
Ahora preservamos la parcela de cielo que descansa
sobre nuestro tejado
y el grano de la noche que germina
bajo las patas de los bueyes
en el amanecer de cada uno
de los días que nos quedan.

Allí estabas: perdida en lo más alto
de una pared en flor, encaramada al muro
sin temor a caerte.

La mujer que se ovilla bajo un árbol.
El hombre que no sabe que le tiemblan los ojos
en el primer instante de las lágrimas.
En una foto antigua,
la pareja de ancianos que se inclina
sobre las lentejuelas de las celebraciones.


Basilio Sánchez (Cáceres, 1958)
Las estaciones lentas
Visor Libros, Madrid, 2008.

No hay comentarios:

Publicar un comentario