jueves, 20 de marzo de 2014

Alex Chico


Sobre el regreso.


                                       La ciudad tiene un muro que rodea mi mente
                                                                              RAFAEL FOMBELLIDA

I

Otros han ocupado mi casa.
Desde fuera, veo que no han variado
la disposición de la fachada.
El balcón sigue ocupando ese mismo
espacio minúsculo, casi invisible.
Lo que queda dentro continuará
siendo igual (en la periferia nadie
cambia su centro).

Los comercios tienen otros dueños,
pero lo que allí se vende no varía.
No varían quienes se acercan
con un carro o con su bolsa de mimbre.
Siguen consultando su hoja manuscrita,
perpetuamente arrugada.

El tiempo, aquí, es una secuencia
circular. Como los autobuses
que remontan la calle y vuelven
al cabo de unas horas.
Son los mismos pasajeros
los que viajan en trayectos siempre cortos.
Los mismos que en secreto
esperan un cambio de rumbo.
Buscan en sus ventanas una carretera
de vuelta hacia un lugar que no sea de paso.

Si quedara de este lugar sólo una nota,
diría que es un paisaje de gente que espera.
En las terrazas de la calle Menorca,
en las paradas de la Rambla de Prim.
Diría que sólo aguardan el movimiento,
aunque no sepan que en esos trayectos inmóviles
se resumen todos los tránsitos del mundo.
A su manera, son un motor que no se para.
Tal vez porque nadie les ha enseñado
jamás a detenerse.
(Quedaría este paréntesis sobre la quietud:
esperar es una forma extraña de desplazarse).

Otros han ocupado mi casa.
Esos vecinos que no reconozco
ni me reconocen.
Distintos y, sin embargo, siempre iguales.
Me gustaría explicarles que sólo me fui
para regresar una tarde como esta.
Que, como ellos, también sigo a la espera.

Me siento en un banco que elijo al azar.
Alguien vendrá a recordarme
aquellos versos de Zagajewski:
Vienes aquí como un extraño,
pero ésta es tu casa familiar.



II

Sólo pasaban los días.
Los demás nos conformábamos
con una lección bien aprendida:
madrugar, ir al centro y volver a casa.

En alguna parte, siempre lejana,
eran otros los que sabían manejar las horas.
A nosotros nos bastaba
con pronunciar el nombre de calles distantes,
o de países que existían
en la ficción de un atlas.
A la búsqueda de esa luz remota
que diera sentido a un telescopio
recién comprado. Con él aprendí
a observar el mundo por una mirilla,
como si el universo fuera
un secreto indescifrable.

Sólo pasaban los días.
Sin embargo, aún no he podido encontrar
una luz que alumbrara con la misma intensidad.

Nunca estaremos en contacto,
dejó escrito Richard Rorty,
con algo más grande que nosotros.


Álex Chico (Plasencia, 1980)
Un lugar para nadie.
De la Luna Libros, Mérida, 2013.

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