martes, 10 de diciembre de 2013

Yorgos Seferis




Helena


                                                TEUCRO. ... hacia el país marino de Chipre, donde
                                                                   Apolo me predijo que fundaría una ciudad a la
                                                                   que pondría el nombre insular de Salamina, en

                                                                   recuerdo de mi patria de origen.      

                                                           HELENA. Yo nunca fui a la Tróade; era mi imagen.

                                                          MENSAJERO. ¿Qué dices?¿Por una simple nube sufrimos tanto?

"Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."

Tímido ruiseñor, bajo el hálito de las hojas,
tú que otorgas la frescura musical del bosque
a los cuerpos separados, a las almas
de quienes saben que no regresarán.
Ciega voz que, a tientas en la memoria anochecida, palpas
pisadas y ademanes -no me atrevería a decir besos-
y el amargo estremecimiento de la cautiva exasperada.

"Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."

¿Y qué es Platres? ¿Quién conoce esa isla?
Me he pasado la vida oyendo nombres desconocidos:
nuevas tierras, nuevas locuras de los hombres
o de los dioses;
                         mi destino, que oscila
entre la espada última de Áyax
y otra Salamina,
me ha traído aquí, a esta playa.
                                                  La luna
se levantó del mar como Afrodita,
ha ocultado las estrellas del Arquero y ahora va
hacia el corazón de Escorpio y todo lo transforma.
¿Dónde está la verdad?
Yo también arquero fui cuando la guerra;
mi destino: el de un hombre que no dio en el blanco.

Ruiseñor, aeda,
en una noche como ésta, en las playas de Proteo,
las esclavas espartanas te escucharon y empezaron su lamento,
y entre ellas -¿quién lo hubiera dicho?- ¡Helena!
La que buscamos tantos años a orillas del Escamandro.
Estaba ahí, al borde del desierto; yo la toqué, y ella me habló:
"No es verdad, no es verdad", gritaba.
"Yo no abordé el barco de proa azul.
Yo nunca puse el pie en la valiente Troya."

Ceñido el pecho, el sol en su cabello, esa prestancia,
sombras y sonrisas por doquier,
en los hombros, en los muslos y rodillas;
la piel viva y los ojos
de grandes párpados;
estaba ahí, a la orilla de un Delta.
                                                      ¿Y en Troya?
En Troya, nada: una imagen.
Así los dioses lo quisieron.
Y Paris yació con una sombra como con un cuerpo consistente;
y nosotros nos pasamos a degüello diez años por Helena.

Un gran dolor había caído sobre la Hélade.
Tantos cuerpos arrojados
a las fauces del mar, a las fauces de la tierra,
tantas almas
entregadas como trigo a las muelas de los molinos.
Los ríos hinchados de un cieno sangriento,
por una ondulación de lino, por una nubecilla,
un aletear de mariposa, un plumón de cisne,
por una túnica vacante... por una helena.
¿Y mi hermano?
                           Ruiseñor, ruiseñor, ruiseñor,
¿qué es dios? ¿ qué no es dios? Y entre ambas cosas ¿qué hay?

"Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."

Pájaro plañidero,
                           en Chipre, besada por las olas,
donde me fue prescrito que evocase mi patria.
Yo sólo aquí atraqué con esta fábula,
si es verdad que es una fábula,
si es verdad que los mortales no caerán otra vez
en la vieja trampa de los dioses;
                                                   si es verdad
que al paso de los años otro Teucro,
o algún Áyax, un Príamo, una Hécuba,
o algún desconocido sin nombre que sin embargo hubiera visto
rebosar los cadáveres al Escamandro
no estuviese llamado a escuchar
al mensajero que viene a decirle
que tanto amor y tanta vida
se fueron al abismo
por una túnica vacante, por una Helena.


Yorgos Seferis (Esmirna, 1900 - Atenas, 1971)
Mythistórima. Poesía completa.
Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2012.
Traducción de Selma Ancira y Francisco Segovia

No hay comentarios:

Publicar un comentario