viernes, 22 de noviembre de 2013

José Luis Morante


Balance

Soy de pueblo y conservo
el carácter rural
de la vieja Vettonia.
Estudié con los curas
jerarquía y sintaxis,
asuntos de sujeto y predicado
y el cómplice rumor de la página escrita.
Crecí con Blas de Otero
y la armónica triste de Bob Dylan.
Como todos los jóvenes
exploré laberintos.
Hice la mili en Córdoba, en el Cerro Muriano;
erial vallado y nulo aprendizaje,
autoridades, gritos
y balas de fogueo.
Me enamoré muy pronto,
a ritmo de aguacero tropical.
Aparecieron grietas,
enemigos y afectos
enterrados después,
igual que yacimientos arqueológicos.
Decidido a buscar
ese lugar distinto a cualquier otro,
me extasiaron los viajes y los trenes.
El privilegio de la paternidad
me concedio dos hijas;
nunca tuve
un patrimonio igual.
Durante algunos años
cobró cierta entidad mi ideología,
una red de verdades transitorias
que la experiencia
fue tergiversando.

Hoy salgo a respirar. No pido mucho:
convivir entre libros y objetos familiares,
amoldar el sosiego del jardín
-igual que hiciera Cándido-,
un drenaje que filtre
las aguas estancadas
y espiar los ocasos
con la escueta esperanza
de un porvenir que llegue
cualquier día.


José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956)
Ninguna parte
Ediciones de La Isla de Siltolá, Sevilla, 2013.

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