miércoles, 23 de octubre de 2013

Gastón Baquero


El gato personal del conde Cagliostro

Tuve un gato llamado Tamerlán.
Se alimentaba solamente con poemas de Emily Dickinson,
y melodías de Schubert.
Viajaba comigo: en París
le servían inútilmente, en mantelitos de encaje Richelieu,
chocolatinas elaboradas para él por Madame Sevigné en persona,
pero él todo lo rechazaba,
con el gesto de un emperador romano
tras una noche de orgía.

Porque él sólo quería masticar,
hoja por hoja, verso por verso,
viejas ediciones de los poemas de Emily Dickinson,
y escuchar incesantemente
melodías de Schubert.

(Conocimos en Munich, en una pensión alemana,
a Katherine Mansfield, y ella,
que era todo lo delicado del mundo,
tocaba suavemente en su violoncelo, para Tamerlán,
melodías de Schubert).

Tamerlán se alejó del modo más apropiado:
paseábamos por Amsterdam, por el barrio judío de Amsterdam concretamente,
y al pasar ante la más arcaica sinagoga de la ciudad,
Tamerlán se detuvo, me miró con visible resplandor de ternura en sus ojos,
y saltó al interior de aquel oscuro templo.

Desde entonces, todos los años,
envío como presente a la vieja sinagoga de Amsterdam,
un manojo de poemas.
De poemas que fueron llorados, en Amherst, un día,
por la melancólica señorita llama Emily,
Emily, Tamerlán, Dickinson.


Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914 - Madrid, 1997)
Poesía.Fundación Central Hispano, Salamanca, 1995.

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