jueves, 10 de octubre de 2013

Eduardo Moga


No sé de dónde vienes. Abro los ojos, y no sé de dónde vienes,
pero ahí está tu cuerpo, ocupando un lugar cierto,
un lugar geológico
y matemáticamente corporal
en la realidad, que es un camino,
aunque no sepa de dónde vienes
y ese camino no discurra por la tierra
y solo sea la proyección instantánea
                                                                 de tu estar indudable,
de tu estar mientras pasas, sin piedra ni mundo
ni tiempo
                   ni tú.
Pero tú estás, ciertamente,
                                                mineralmente,
en la provisionalidad de un cuerpo que fue azul
antes de adquirir este matiz de tierra vertebrada, este coágulo
de uñas que vuelan y, no obstante, me acarician,
esta solidificación abstracta
de carne
                 y de ti.
Pasas frente a los libros que acumulo con la misma voluptuosidad
con que te he querido, desnuda en la penumbra
desnuda, y observo, apenas abiertos los ojos,
que el camino pasa por tu vientre,
que el camino es tu vientre.
No hay atajos,
sino un sendero que se bifurca
                                                        a ambos lados de tu cuello,
y se incurva en las semiesferas de los hombros,
y desciende por las estribaciones de los omoplatos,
y vuelve, por fin, otra vez, al vientre de donde
ha salido como algo transitorio,
como algo sin origen
                                      y sin cuerpo,
pero que se hunde en el cuerpo,
en sus silbidos y su hiel,
como se hunden los cuerpos en el agua.
Muda, desnuda,
                             caminas por el camino que eres,
y recorres tus muslos, que cimentan el tronco blanco
que te sostiene, y se deslíen en una blancura
plural, fundida
en un abrazo transparente
                                                con la oscuridad,
y palpas el aire con los dedos, y se vuelven aire
tus dedos, derramados en su movimiento
de búsqueda
                       e introducción,
y ofreces a mis ojos recién nacidos
tus ojos antiquísimos,
el diámetro ácueo de tus caderas,
la erupción aluvial de tus pechos,
la cavidad excedente de tus nalgas:
lo que se endereza, y se extingue, y perdura,
lo que es doble, como tu camino
y el mío, como tus pies, que se adentran en mis ojos,
estrepitosamente brotados del sueño,
y en los tuyos,
                          como la sangre,
que es de ambos, pero de un solo cuerpo,
abrasadamente tuya.
Tu cuerpo ha caído en una plenitud atardecida,
pero está entero,
                               abrumado de claridad.
Tu cuerpo multiplica mi cuerpo, asustado
por los insectos y los truenos,
vívido de abatimiento.
                                         Recorro los ángulos
aún tajantes que lo dibujan, y se ciernen luces,
florecen húmeros, digo objetos con una lengua
menos ardua, con otra lengua,
entumecida de latidos, liberada de las formas
que me subyugan
con su permanencia.
                                      Hiendes la tiniebla
por la que pasas, y yo la acaricio como si fuera materia,
como a una resina exudada
                                                  por su árbol, y palpo la tibieza
que sugieres, y sé de la cordialidad de tus huesos.
Todos mis poros son manos. Te oigo con los ojos
que te huelen. Te intuyo con el ruido que me 
crece en la sangre, o con el silencio
que bracea hasta la médula. Percibo
cuando tocas las sábanas, para volverte a acostar,
como la araña percibe la vibración de la tela
en la que se ha enredado otro cuerpo, la convulsión
de un organismo que va a ser amortajado por labios,
la muerte aleteante
                                   de algo tan vivo como el espejo que me devuelve
a los ojos apenas ojos la totalidad de tu columna, como la hoguera
claroscura de tus pasos hacia la cama, como
el renacer de la piel dormida en el tiempo,
olvidada de ti
                         y de tus brazos,
que tantean la almohada hasta dar con mi mirada,
y me ahogan con la indefensión de un moribundo,
y se cierran alrededor de mi sueño
como un vientre sobre otro vientre.
Ya no veo entonces tu cuerpo,
pero lo sé dentro de mis ojos
No sé de dónde vienes,
                                          pero has venido a mí.


Eduardo Moga (Barcelona, 1962)
Insumisión. Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2013.

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