martes, 27 de agosto de 2013

Antonio Fernández Lera


Casa sola

A mi padre, cuatro meses después.


1

Todas la palabras, hoy,
más vacías que nunca,

menos tu voz
pequeña y dulce.

Todo el mar en el mundo
menos que tu voz
y que el agua en tus labios.

Tu boca y tus ojos el refugio
que más necesito: el exacto refugio,
siempre y ahora.


2

Luz muy suave
pero ignoro si entre sombras
(palabras inútiles)
y el resplandor del sol
o entre los ecos de la lluvia
y el rescoldo tranquilo de tus ojos
voy a ser capaz de seguir escribiendo
cuando el recuerdo sigue siendo más fuerte
que todos los futuros.


3

El otoño está siendo
triste y un poco absurdo.

Nada es extraño ni especial.

El verano
devora las cosas
y luego desaparece

y en las miradas queda un sendero hacia dentro
y en la risa una tos de tristeza y agobio

y nos quedamos quietos
—y sin saber qué hacer
sin tu risa y tus ojos.


4

En el mar hay un abismo
que nadie se atreve a tocar.

Un túnel sin salida
y un abrazo de muerte.

Pero no es justo ni prudente
culpar al mar
—una simple masa de agua
o a un dios inexistente

(sólo esta tristeza es infinita
y duele).


5

Que no lo absorban todo
las acciones del viento: pronto,
con arena mojada entre los dedos, y algas, y recuerdos
cristalizados como copos de nieve,
podrás olvidar
todo aquello que distrae.


6

Tal vez,
al recordar la desgracia,
la paz reabra sus ojos
y lo importante pueda verse,
tal vez,
en el reflejo de las aguas:
en el espejo del aire.


7

Una boca resopla
y una voz cacarea
como gallina loca
mientras piensas —al fin—
en otra cosa.


8

Cuando por fin hablamos ya era tarde.
Tu presencia —no obstante— se repite
y se queda flotando cada noche en el aire,
como un pez en el agua —de ojos negros.

El deseo se pierde
—lento, y oscuro, y en penumbra
como un fuego encendido
—sordo, pequeño y lento—,

como una casa sola en el fondo de un valle.

El deseo de verte
—triste y casi olvidado—
se pierde como en sombras,
pero luego vuelve.


9

No son éstas canciones para que nadie cante,
sino canciones de aire, que se mueven
como el agua en las pequeñas ventanas de la piedra,

canciones que ahora vuelan
y huyen de la muerte.


10

Tiempos que ya no son
o tiempos que ya no fueron
y que nunca sabremos
lo que podrían haber sido

(pero lo cierto es
que no te habrías ido perdiendo en la memoria,
como tampoco ahora
te pierdes en la noche)


11

Nosotros los perdidos y los tristes,
nosotros los que ahora cantamos tus canciones,
los que ahora buscamos
un jardín y una casa,
un reloj
y un espejo.


Antonio Fernández Lera (Madrid, 1952)
Las huellas del agua. Ediciones Trea, Gijón, 2007

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