jueves, 4 de julio de 2013

Rafael Alcides


Historias

Al cumplir los treinticuatro años de mi vida
comprendí perfectametne que me iba a quedar
calvo. Durante diez meses me odié con pasión
frente al espejo. Hice memoria,
recordé que no había sido tan malo.
Me di náuseas a mí mismo. Jamás la criatura humana
había caído tan bajo.
                                          Luego
los amigos empezaron a dejarme solo:
había empezado a tomar la vida
en serio. Tal vez la caída del pelo
me hizo trágico. Empecé a solicitar de los amigos
cosas que los amigos no tenían por costumbre
dar. En principio les pedí
que fueran sinceros.
                                         Seguidamente
mi casa naufragó,
la casa que durante diez años sostuve sobre los hombros
                             (no es una frase).
                                                           La locura
y la muerte persiguieron de cerca
a dos de mis seres más queridos ―uno de ellos
yo mismo, para ser exacto.
                                               Comenzaban
mis Trabajos. El perpetuo
combate con la hidra, los toros, los leones,
el Averno. Mis hijas
empezaron a hacerse grandes. Todas las desgracias
llegaron juntas. En dos años
fui el ser más envejecido de la tierra.
                                                                 Al cabo
una mañana el mundo cedió ―por fin,
al cabo. Lo que del mundo quedaba. Apoyabas
una mano en las esquinas
y los edificios se venían abajo. Llegaron
las epidemias.
No lo referiré. Yo mismo me caía a pedazos.
Me imagino que fue la bomba atómica.
Pedazos de vientre y espejuelos por todas partes.

                                   (Y no sabía,
no sabía si estaba soñando, pero en el sueño
había querido saber. Saber por lo menos
si estaba soñando).
                                  Cuando
tres años más tarde volví a pasar
frente a un espejo, un calvo me dijo adiós
y yo le dije adiós. Le ofrecí disculpas. Me hizo
pasar al baño, me prestó un saco y una
corbata. Me dio una dirección.
                                                     Miento.
Busqué al calvo.
Miré.
          No vi nada.

Todo termina con una sonrisa.

El drama estuvo en la imaginación.


Rafael Alcides (Barrancas, Cuba, 1933)
Por una mata de Pascua. Fulgencio Pimentel, Logroño, 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario