lunes, 8 de julio de 2013

Adam Zagajewski


Clases de piano


(Tengo ocho años)

Clases de música con los vecinos, los señores J.
Estoy por primera vez en su casa,
huele diferente a la nuestra (la nuestra no huele,
así me lo parece). Aquí alfombras por todas partes,
gruesas alfombras persas. Sé que son armenios,
pero no sé qué significa eso. Los armenios tienen
     alfombras,

en el aire todavía se pasea polvo que ha llegado
de Lvov, polvo medieval.
Nosotros no tenemos alfombras, ni Edades Medias.
No sé quiénes somos, quizá errantes.
A veces pienso que no existimos. Sólo los otros existen.
En la casa de nuestros vecinos hay una acústica
     excelente.

Hay silencio en esa casa. En la habitación está el piano
como una fiera perezosa, domada, y en él,
en el mismo centro, descansa la negra bola de la música.
La señora J. me dijo justo al acabar la primera
o la segunda clase que sería mejor que estudiara lenguas,
porque no mostraba dotes para la música.
No muestro dotes para la música.
Mejor que estudie lenguas.
La música siempre estará en algún otro lugar,
inalcanzable, siempre en una casa ajena.
La bola negra estará escondida en algún otro lugar,
pero quizá habrá nuevos encuentros, nuevos
     descubrimientos.

Volví a casa con la cabeza baja,
algo triste, algo contento, a la casa
que no olía a Persia, con cuadros de aficionados,
acuarelas, y pensé, con amargura, con satisfacción,
que sólo me quedaba la lengua, sólo las palabras, los
     cuadros,
sólo el mundo.


Adam Zagajewski (Lvov, Ucrania, 1945)
Mano invisible. Acantilado, Barcelona, 2012. Traducción de Xavier Farré

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