domingo, 9 de junio de 2013

Horacio Salas


Remedios la bella

                                                                                                       Remedios, la bella, soltaba un hálito de perturbación,
                                                                                                       una ráfaga de tormenta, que seguía siendo perceptible
                                                                                                       varias horas después que ella había pasado.
                                                                                                                                                        GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ



Los poemas se pueden iniciar de muchas formas es cierto
pero para hacerlo de algún modo
digamos que en ciertos días en que las paredes parecen
     menos requebrajadas
y uno siente el sol como fragmentos de luz
en esos días ―pocos muy pocos reconozcámoslo―
en esos instantes en que la máquina se torna más liviana
y las palabras comienzan a agolparse libremente
cuando uno deja la tristeza escondida en un diario
oculta en los roperos o la guarda prolija en el bolsillo
para usarla más tarde lo más tarde posible
en esos días digo y hoy es uno de ellos
podría iniciar un poema diciendo
como en las perfumadas cartas de las bisabuelas
"toda mi vida se justifica por haberla conocido"
pero para la gente de hoy naturalmente más racionalista
procederé a aclarar que como dirían las revistas
     especializadas
ella se mueve con pasos de felino
tiene los ojos a toda hora en su cara y con ellos me mira
y me dice también todo su amor repite largas jornadas de
     cariño
me interroga me observa cuando duermo e intenta
     descubrir mis pensamientos
y casi siempre lo logra
también he de explicar que puedo estarme horas en su
     cuello
que acostumbro a dibujarle soles y flechitas en el cuerpo
olvidarme sus manos en mi espalda
y llevármelas a caminar por la ciudad así sin
     darme cuenta por supuesto
si hablara de sus piernas les diría
que guardan marcas reconocibles tal vez por mi dentista
que a veces se enfundan en breves pantalones
y que tienen la curiosa costumbre de pegarse a mis
     muslos
podría agregar otros detalles íntimos: su aliento entre
     mis ojos
minucias de su pelo la exacta geografía de su espalda
ciertas palabras dichas a media voz sobre la almohada
sin olvidarme claro de esa sonrisa adolescente
que me produce oleadas de tristeza cuando no estoy con
     ella
o cuando me veo obligado a separarme en mitad de la
     noche
nada diré en cambio de su voz porque la máquina ya
     apenas me responde
―sería muy largo de contar supongo―
y en este mismo instante ella personalmente me ha
     rozado ha arreglado un florero
y créanme prefiero abandonarlos y besarla.


Horacio Salas (Buenos Aires, 1936)
Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1996)

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