sábado, 8 de junio de 2013

Basilio Sánchez


Los lugares de paso

En mi primera casa,
la claridad que entraba hasta mi cuarto
se abrazaba a las cosas como si fueran nuevas,
como si el simple hecho de tocarlas
las hiciese brotar.
Los que estábamos vivos les pedíamos entonces
a los que estaban muertos que pudiésemos
mantenernos sensibles
al estremecimiento de la tierra,
a los pronunciamientos silenciosos del aire.

En mi segunda casa, la de mi adolescencia,
la luna de la noche
era un ciprés de plata titilante
a la orilla del Bósforo.
En las horas tranquilas, cuando el mundo
empezando a girar sobre sí mismo parecía desplazarse,
sentía el movimiento de la hierba
diciéndome que sí a casi todo.

En la tercera casa me recibió a la puerta
el dorador de hojas de las plazas
abiertas del otoño,
el que encendía con trapos una hoguera
bajo la crucería de la tarde.
A la sombra de un árbol, de su herida,
la luz se remansaba ante sus ojos con el azul precario
de los cielos nocturnos.

En la casa en lo alto
a la que nos mudamos unos años después,
oíamos la música a lo lejos,
nos creíamos felices porque, a veces,
en las noches más claras,
llegaban a nosotros los fuegos de artificio,
percibíamos el brillo de las celebraciones.

Uno llega a las cosas
como el que equivocándose
se adentra en una casa que nunca fue la suya,
pero que reconoce como propia
y en la que permanece para siempre.

En esta habitación que compartimos
sin olvidar que nada de lo que nos rodea nos pertenece,
haciendo ahora balance
de todos los lugares en los que hemos amado
o en los que nos amaron,
en los que no pudimos amar, aunque quisimos,
mi mirada se cruza con la veta
de la madera de los suelos;
con la franja de luz con que la tarde
entra por la ventana e intenta apoderarse,
como lo hacía entonces, de mi desconcertado
universo de sombras.


Basilio Sánchez (Cáceres, 1958)
Cristalizaciones. Ediciones Hiperión, Madrid, 2013

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